Dios mío, ¿qué quieres de mi?
Dios mío, ¿qué quieres de mi?
Una pregunta tan simple, pero que implica una profunda reflexión. ¿Te has preguntado qué quiere Dios de ti? De verdad, sin rodeos, ¿te lo has preguntado? Una cosa es plantearte la pregunta mientras caminas o mientras vas manejando, pero ¿te has sentado en silencio antes de irte a dormir o al abrir los ojos para comenzar un nuevo día? ¿Te has escuchado?
En lo personal, es curioso que los momentos en los que más he profundizado e interiorizado esta pregunta han sido cuando estoy al lado de un paciente en cuidados intensivos. De hecho, aquí estoy ahora, al pie de la cama de un paciente conectado a un ventilador. Aunque los aparatos en el cuarto hacen un poco de ruido, hay una calma profunda; no hay mucho movimiento y, de esta manera, me conecto más con la vida y con mi Creador. En este cuarto no hay falsedad ni superficialidad. Aunque no soy yo quien está en la cama, podría serlo. Mi vida podría pausarse en un instante.
Cuando contemplo la fragilidad humana y escucho la respiración del paciente —casi moribundo, pero aferrado a seguir viviendo—, me doy cuenta del gran regalo que es la vida. Y entonces, esta pregunta vuelve a mi mente: ¿Qué quieres de mí, Señor? ¿A dónde quieres que vaya? ¿Qué plan tenías cuando me pensaste e hiciste latir mi corazón?
Aún estoy profundizando en el plan de Dios para mi vida. Esto toma tiempo, y no existe ningún reglamento para reconocer ese movimiento interior que es producido por Dios. La clave está en darnos cuenta y no ignorar que, en efecto, Dios no deja de mover nuestro corazón y nuestra mente. Y este proceso es personal. No se puede comparar el propio autoconocimiento y crecimiento con el de otra persona… tú eres tú, yo soy yo.
Lo importante es darnos espacios para conocernos y ponernos verdaderamente en contacto con nuestro ser, pero sin rodeos, sin falsedades y dejando a un lado los perfiles que no son auténticos y que no nos ayudan a entrar profundamente en el corazón para aceptar el plan de Dios.
¡Ánimo! Te lo digo con el corazón en la mano, yo que aún camino este proceso. Ha sido difícil dejar atrás sistemas que no me llevaban a un verdadero autoconocimiento y que me mantenían solo en lo superficial y externo. También ha sido difícil soltar la opinión de los demás para descubrir y aceptar que lo que Dios opina es mucho más importante y valioso. Ha sido, además, un reto aceptar que el plan que yo me había trazado —en el que me importaba mucho pasar del plan A al plan B en un tiempo determinado—, de pronto se convirtió en un callejón sin salida. Pero Dios tiene un plan mucho mejor, en el que lo verdaderamente importante es nuestra realización como personas, sin importar el tiempo que tome.
Espero que sepamos escuchar la voz amorosa y gentil de Dios diciéndonos al oído: “Está bien, no te preocupes. Si tu plan ya no funcionó, yo aún tengo uno guardado como el mayor tesoro dentro de tu corazón. Ven, vamos a encontrarlo juntos. Te acompaño y no te decepcionarás.”
Cierro esta reflexión sentado en cuidados intensivos, junto a alguien que tal vez está por terminar su vida, y reconociendo que vale la pena tomarse el tiempo y el esfuerzo para profundizar en el plan de Dios y escuchar su gran idea para ti y para mí.


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