La amabilidad trae alegría.
“Estoy cansado y tengo muchas preocupaciones. Me siento angustiado y no sé qué hacer.”
Precisamente, el otro día me sentía así: un poco abatido, con la mente llena de preocupaciones. Mientras me arreglaba para ir a trabajar, me preguntaba cómo iba a encontrar palabras de aliento para los enfermos y cómo podría transmitirles el amor de Dios. Sinceramente, no tenía ganas de sonreír. Sentía que yo también necesitaba ser escuchado. Aun así, en medio de ese cansancio interior, partí hacia el hospital con la esperanza de encontrar la fuerza necesaria para llevar la Palabra de Dios a quienes sufrían. Mi primera parada, antes de comenzar el trabajo, fue la capilla del hospital. Allí comencé a hablar con Jesús, a ponerle nombre a mis sentimientos y a pedirle un poco de ánimo.
Luego tomé la lista de los pacientes que debía visitar y regresé nuevamente a la capilla. Mientras repasaba los nombres, trataba de imaginar cómo yo —preocupado y abatido— iba a entrar a un cuarto donde la esperanza ya había sido puesta a prueba por la enfermedad. No me parecía una buena combinación. Después de orar, me levanté y caminé hacia el piso que tenía asignado, confiando en que Dios obraría.
Y Dios obró.
Yo, que llegaba cargado de angustia, recibí alegría de una persona que estaba enfrentando problemas mucho más grandes que los míos. Después de presentarme, escuché las palabras que necesitaba para reconfortar mi corazón: “Yo sabía que Dios lo iba a mandar, que no me iba a dejar solo… ¡Gracias por venir!” Esas palabras me llenaron de una profunda paz. Me alegró saber que alguien me estaba esperando. Yo, que pensaba que no sería de mucha ayuda y que llegaba con un ánimo muy bajo, fui recibido con gratitud y alegría. Aquellas palabras amables me dieron la fuerza que necesitaba para comenzar —y terminar— el día con esperanza. En ese momento, mis preocupaciones y mi abatimiento se disiparon. Si alguien que atravesaba tanto sufrimiento fue capaz de alegrar mi corazón con tanta amabilidad, ¿cuánto más puedo hacer yo por los demás? Mis preocupaciones, aunque pesadas, tenían solución. La enfermedad de esa persona, en cambio, sería la causa de su muerte.
La angustia, ciertamente, abate el corazón; pero una palabra amable puede disiparla y llenarnos de alegría. Todos cargamos preocupaciones y problemas que afectan nuestro día a día. Sin embargo, una y otra vez, Dios nos sorprende. De las maneras más inesperadas, las palabras amables —las que recibimos y las que ofrecemos— se convierten en un verdadero antídoto contra la angustia.
Si alguien pudo alegrar mi corazón, tú y yo también podemos alegrar el corazón de los demás. Solo se necesita amabilidad; es decir, aprender a amar un poco más la vida para que de nosotros broten palabras y gestos que den esperanza. Cuando unimos nuestra vida a la de Jesús, nuestras palabras adquieren una fuerza especial, porque donde Él está, allí habita el amor.


Comments
Post a Comment